El virus del Nilo Occidental se transmite cuando un humano recibe la picadura de un mosquito (C. perexiguus y C. pipiens) que previamente ha picado a un ave infectada. Esta es la principal vía de transmisión de la enfermedad.

Durante el otoño es la época de mayor riesgo de contraer fiebre del Nilo, siendo agosto y septiembre los meses en los que se detectan una gran cantidad de contagios. El riesgo disminuye a medida que el clima se vuelve más frío y los mosquitos empiezan a desaparecer.

Por otra parte, también es común que estos insectos desarrollen su actividad a primera hora de la mañana y al final de la tarde. Durante el resto del día se refugian entre la vegetación.

La mayoría de los casos se trata de una enfermedad que no presenta síntomas, en otros puede aparecer algo de fiebre junto con dolor de cabeza o cuerpo, vómitos, diarrea o sarpullido, mientras que en una minoría se pueden presentar cuadros más graves que derivan en encefalitis o meningitis.

Los pacientes que corren más riesgos son aquellos con afecciones que debilitan el sistema inmunitario (como el VIH, trasplantes de órganos o quimioterapia reciente), los de edad avanzada o muy temprana y las embarazadas.

La capacidad de vuelo de estos mosquitos es de unos 7 kilómetros dentro del área de los focos de cría, que suelen ser en zonas de agua estancada. Por eso es importante evitar estos sitios si es posible.

Otros consejos para evitarlos es mantener luces apagadas, evitar perfumes intensos y vestir prendas largas y de tonos claros siempre que la situación lo permita.

Aunque, sin lugar a dudas, la mejor prevención se obtiene por medio del uso de repelentes y la colocación de mosquiteras en nuestros hogares o espacios de trabajo.